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Una historia

El argentino que comprobó que hacer dieta vale oro

En los Juegos Olímpicos de Melbourne de 1956, la categoría máxima del levantamiento de pesas parecía tener dueño antes de empezar.

El estadounidense Paul Anderson era campeón mundial, poseedor de récords mundiales y uno de los hombres más fuertes que se habían visto hasta entonces.

Era el gran favorito.

Frente a él estaba un argentino de 24 años llamado Humberto Selvetti.

Selvetti no había viajado hasta Australia para resignarse a perder dignamente.

En el primer ejercicio levantó 175 kilos y sorprendió a todos: aventajó al gran favorito por 7,5 kilos.

En el segundo, ambos levantaron 145.

De pronto, contra todos los pronósticos, el hombre más fuerte del mundo estaba en problemas.

Para alcanzar al argentino, Anderson necesitaba levantar 187,5 kilos en el último ejercicio.

Lo intentó una vez.

Falló.

Lo intentó nuevamente.

Volvió a fallar.

Le quedaba una sola oportunidad.

Si no podía levantar aquella barra, Humberto Selvetti sería campeón olímpico.

En su tercer y último intento Anderson consiguió finalmente levantar los 187,5 kilos.

El resultado final fue extraordinario:

Paul Anderson: 500 kilos. Humberto Selvetti: 500 kilos.

Habían empatado.

Y habían sido tan superiores que el tercero terminó 47,5 kilos detrás de ellos.

Pero el reglamento olímpico tenía prevista aquella situación.

Si dos competidores levantaban el mismo peso total, ganaba el atleta de menor peso corporal.

Anderson pesaba 137,9 kilos.

Selvetti, 143,5.

Después de viajar desde Argentina hasta Australia, enfrentarse al gran favorito y conseguir levantar exactamente los mismos 500 kilos que uno de los hombres más fuertes del mundo, Humberto Selvetti perdió la medalla de oro por una diferencia de 5,6 kilos, y lo mas pradojico fue que Anderson llego a Melbourne pesando mas, pero hizo dieta antes de la competencia y eso le valio el oro al final

Pero volvió a la Argentina con una medalla de plata y algo bastante más difícil de poner en una estadística:

había llegado como el que debía perder y obligó al hombre más fuerte del mundo a jugarse la medalla de oro en su último intento.

Aunque también dejó una enseñanza que en 1956 quizá nadie esperaba encontrar en el levantamiento de pesas:

a veces no alcanza con levantar más. También conviene hacer dieta.

Pero confirma una vieja regla que no figura en ningún reglamento olímpico:

Los argentinos no perdemos.

A nosotros nos tienen que ganar.